
LOS DIOSES PIDEN SANGRE Tinné-Anoyá se descalzó al salir a la terraza y dejó entre las manos de una de sus esclavas favoritas la rica capa de seda carmesí. El esbelto cuerpo de la princesa estremecióse bajo los alfilerazos de una fresca brisa que moldeó bajo la sutil túnica de gasa sus mórbidos relieves. Los pequeños pies de Tinné-Anoyá pisaron las heladas losas de mármol, húmedas de rocío, mientras tres de sus esclavas se le adelantaron para extender sobre el suelo una alfombrilla y depositar un pebetero y un cofrecillo conteniendo varillas de madera odorífera. El jardín despertaba al nuevo día llenando la atmósfera de efluvios enervantes. Los pájaros atronaban el aire con sus desaforados trinos, rebullendo inquietos y alegres entre las copas de los árboles. Algunos más osados o familiarizados con las mujeres de la terraza, vinieron a posarse sobre la balaustrada saludando a Tinné-Anoyá con gorjeos y saltitos. Pero Tinné-Anoyá no les prestó la atención esta mañana. To