
“Eragon se arrodilló sobre un lecho de junco pisoteado y escrutó las huellas con ojo experto. Éstas indicaban que los ciervos habían pasado por esa pradera hacía apenas media hora, y que pronto se echarían a dormir. El objetivo de Eragon, una hembra pequeña con una pronunciada cojera en la pata izquierda, aún seguía con la manada, y él se sorprendió de que el animal hubiera llegado tan lejos sin que lo atrapara un lobo o un oso. Eragon tenía quince años, de modo que le faltaba solo uno para ser todo un hombre. Unas oscuras cejas le enmarcaban los intensos ojos castaños. Llevaba ropa de trabajo gastada, un cuchillo de monte con mago de hueso en el cinturón y un arco de madera de tejo, metido en una funda de gamuza que lo protegía de la humedad. También llevaba una mochila con el armazón de madera.Los ciervos lo habían obligado a internarse en las vertebradas, una agreste cadena de montaña que se extendía de un extremo al otro de Alagaësia, de donde procedían con frecuencia his