
«Mira a donde quieras, audaz aventurero, porque, tan lejos como pueda alcanzar tu mirada, no hay nada. Estás cerca del Pozo de Akhran, un gran oasis sit uado en el centro del gran desierto de Pagrah. Ésta es la última agua que encontrarás desde aquí hasta el mar de Kurdin, que está hacia el este. Si miras hacia el sur, el paisaje que se extiende ante ti, verás una interminable expansión de granito barrido por el viento, cuya inmensa monotonía marrón-rojiza se ve aliviada de cuando en cuando por breves toques de verde: el tamarisco, la alta acacia, los cactus con sus formas humanas, el pino del desierto, los espinos y la hierba verde plateada que brota en los lugares más raros e insospechados...» Así comienza el relato épico de la Gran Guerra de los dioses y del orgulloso pueblo del que depende el destino del mundo. Cuando Akhran el Errante, el dios del desierto, decreta que dos clanes deben unirse a pesar de su ancestral rivalidad, la primera reacción es de rebeldía, aunque acaban d