
escapaba un humo blanquísimo impregnado dearoma.Ishmant se acercó por detrás y le ofreció una copade « Raizal»4 que el leónida aceptó gustoso. Eraya madrugada bien entrada y el relente se hacíanotar con fuerza. Sin embargo, aquel frescorparecía importunar poco. Incluso estimulaba aaquella pareja acostumbrada a rigores másextremos. Breddo y su mujer, no obstante, seesforzaron en arrancarles del frío exteriorinvitándoles a resguardarse al calor de lachimenea encendida en la taberna. Asunto queamablemente declinaron.—He vivido doce años entre los hielos del Ycter,mi buen Breddo —aseguró Ishmant solemne—.Poco puede asustarme ya la brisa de madrugada.—El caldo que destilas es un buen paliativo,amigo —bromeaba el gigante león mostrando sucopa—. No sufras, entraremos pronto.La pareja de medianos dejó paso a un silenciosoTigre antes de despedirse definitivamente de losinvitados y marchar a sus aposentos. El enormefelino penetró entre ambos con la sinuosidad deuna serpien