
Por principio y en todo momento el Mundo (entendiendo por éste todo el campo material y espiritual de la experiencia humana) es una diáspora de sensaciones, un vértigo de impresiones, un juego de flujos de fuerzas encontrados. Por principio el Mundo es para el ser humano un caos, un desorden, algo que es “en bruto” y que no depara a la criatura racional ninguna inteligibilidad espontánea. El Mundo en sí no le provee sentido alguno al ser humano y si éste, no obstante, logra una cartografía que le permite orientarse, prever y actuar con dirección, intención y sensatez en ese Mundo al que fue arrojado por un brevísimo momento en la escala temporal del siempre enigmático universo, es porque él, criatura trágica y admirable, pone un poco de orden en “la Cosa”. El Mundo no tiene sentido y es el ser humano el que lo dota del poco y siempre insuficiente que puede llegar a tener.El primer y fundamental “ordenador” que tenemos para que el Mundo cobre forma para nosotros, sobra decirlo, es el