
Como miembro del ejército de Alejandro de Macedonia, Kineas ha sido testigo de las acciones del dios de la guerra: escenas de heroísmo, como salidas de la men te de Homero, y otras de horror, más tenebrosas que sus propias pesadillas. Dos coronas de laurel, así como algunas cicatríces que perdurarán por siempre, reconocen su valor al mando de la caballería griega. Pero, al regresar a Atenas, Kineas encontrará que la recompensa a los servicios prestados no es la gloria sino la vergüenza y el exilio. Sin nada más que su reputación militar, Kineas accederá a conducir un grupo de veteranos hacia la ciudad de Olbia cuyo Tirano está ofreciendo dinero a quien entrene a su caballería de élite. Pronto Kineas y sus hombres se verán involucrados en las confabulaciones del Tirano contra sus propios ciudadanos, en tanto que la destrucción amenaza a Olbia desde fuera. Mientras Alejandro ha estado conquistando el mundo, Macedonia se ha tornado hambrienta de oro y grano, y Olbia está en su camino. Kin